
El mercado era mucho más que comprar y vender. En un mercado se hacían amistades y se conocían unos a otros. Aun así, el mercado de Santo Domingo sigue respirando esos aires nostálgicos. Todavía hay personas que se resisten a dejar de ir. Quieren seguir comprando, seguir haciéndose compañía unos a otros. La herencia de nuestros abuelos podía ser continuar conservando estas costumbres. Ir a un mercado, preocuparnos por los que nos venden la comida.
La vida sigue su camino y paralela existe un mundo mucho mejor que esos que se imaginan en las películas con coches que vuelan y edificios enormes. En todas las ciudades hay un mundo particular que vive independiente al paso de la ciudad. Un mundo donde se ayudan unos a otros, donde la simple pregunta, ¿qué tal estás?, no es tan simple. Un mundo donde hasta el más pequeño se siente el más grande. Y ese mundo en Pamplona se llama Mercado de Santo Domingo.





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